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Para entender algunas materias, es mejor definirlas
desde su negación.
Cuando yo perdono o a mí me perdonan, no significa
que se pueda seguir haciendo lo mismo. El perdón no
autoriza, ni es un visto bueno, ni un okey. Tampoco el perdón
significa que yo deba seguir soportando algo que no me gusta.
Ni es poner la otra mejilla, aunque siempre hay que ponerla.
Perdón es tener un dolor, pero no soportarlo. Y si
alguien hace daño, y continúa con su conducta
diciendo: “Total que más da, si ese es un cristiano
y al final siempre tendrá que perdonarme”, sepa
ese alguien que está endemoniado.
¿Qué es poner la otra mejilla y quiénes
la ponen? Sólo pueden poner la otra mejilla los que
se dominan a sí mismos, los que accionan en vez de
reaccionar, los que nada los provoca, ni se dejan provocar,
pues se saben controlar. Los justos pueden poner la otra mejilla.
Poner la otra mejilla es terminar con la teoría del
ojo por ojo. Poner la otra mejilla es una señal de
amor, es tanto el amor que tiene por el otro, que si el otro
soluciona un problema pegándole, que siga pegando.
Y lo mejor de todo, paraliza al hombre exterior que golpea,
pues ni remotamente espera le pongan la otra mejilla. Es la
no violencia en acción.
No es ser comprensivo con el agresor, no es justificar una
conducta indeseable, no aprueba algo indecoroso, no defiende
lo indefendible, no es olvido de la justicia ni impide tomar
medidas.
Tampoco -menos- es la negación de una rabia, un dolor,
o alguna emoción negativa. Por eso, quienes perdonan
para mantener la paz, sólo lo hacen con el cuerpo mental;
es decir, no lo han hecho de corazón, no han perdonado
de verdad pues debajo de su perdón hay frustración,
resentimiento y un deseo escondido de venganza o de que al
otro le vaya mal.
Y, si piensas “todo se paga en la vida”, “Dios
se encargará”, “en la otra vida tendrá
un karma insoportable”, “quien a hierro mata a
hierro muere”, “la vida ya lo está castigando”,
“con paciencia veré pasar el cadáver de
mi enemigo”, o haces una denuncia anónima, porque
el otro tenía “tejado de vidrio” o sus
dolores te dan alegría, no has perdonado. Eso no es
perdón.
Perdonar no significa que debamos compartir o ser amigos.
No es jugar al bueno, ni encontrarle la razón al otro.
Perdonar no es negar lo que sientes, ni manipular con tu dolor
las injusticias que te han hecho. No es ser pasivo ante lo
que no funciona para ti, no es aceptar el daño pasivamente.
Tampoco es una excusa para no asumir una responsabilidad,
ni se perdona para esconderse del miedo que significa actuar
desde la esencia y como ser humano cabal. Perdonar por miedo
a la venganza del otro, no es perdonar.
Y menos aún es perdón cuando se da para sentirse
superior.
Perdonar es muy difícil, es voluntario y es un proceso,
tuyo; no lo apures ni lo resistas. No empujes el río.
No es decir “perdono” y punto. Así es que
más vale no perdonar -y reconocerlo así- que
perdonar de mentira o por cobardía, porque si te mientes
estás en pecado mortal, mortal para la esencia. La
esencia muere cuando tú le mientes.
Así es que si, por ahora, no puedes perdonar, no importa:
no lo hagas. Nadie te castigará por eso; menos Dios
que es el más comprensivo de los seres de este universo.
Igual, en algún momento, que puede ser al final de
nuestras vidas, hay que perdonarlo todo.
Por ahora, respeta y honra lo que sientes. Si no puedes perdonar,
no lo hagas. Pero no tomes venganza, aunque sí haz
justicia. No olvides que es imposible perdonar si hay algún
tipo de rechazo a lo que sentimos. Y no te digas que has perdonado,
cuando sólo lo haces con la mente: hay que perdonar
con el corazón, lo que quiere decir que debes desear
lo mejor a quien te ofendió, ya que sólo cuando
no te afecta, -y te alegra la prosperidad del ofensor- es
que has perdonado.
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